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Vale, aquí la tenemos. La ya mítica hoja en blanco. Y aquí estoy, parado frente al mar, mientras el mundo gira. No sé si debo presentarme, decir de qué voy a hablar o algo por el estilo, pero supongo que a todos los que se deciden a crear un blog les anima algo parecido. Lo hablaba el otro día con mi tía, cuando necesitas liberarte o compartir algo, escribiéndolo puedes conseguirlo. Puede que sea una forma de intentar mostrar esa parte de tí que casi nadie conoce, o quizá se acerque más a un diálogo contigo mismo.

Como no sé muy bien por dónde empezar, me he dado cuenta de que siempre que he intentado escribir o hablar con alguien sobre algo profundo, ha sido saliendo de situaciones amargas, con la necesidad de salir a flote, de recuperarme de alguna nueva jugada del destino. Porque somos desgraciados. Eso llevamos diciendo hace tiempo, como una forma de tomarnos las pequeñas desgracias con humor, ¡qué remedio!, pero aún así, siempre ha habido una sensación de que nada salía bien ni tenía pinta de cambiar.

Pero es curioso, hoy no me siento así. Hoy no me apetece recrearme en lo que nunca funciona. Hoy no me siento dsf. No, porque no tengo motivos, solamente los tengo para alegrarme. Alegrarme porque siento que tengo cerca a todas las personas que quiero, que todo está bien en la familia, que los amigos (cada vez menos pero mejores) están ahí por muy lejos que vivan, y porque siento algo sincero cuando te miro a los ojos. Me enseñaron que el objetivo en la vida era ser feliz, y aunque parezca difícil, bastan muy pocas cosas. Aquellas pequeñas cosas, que decía Serrat, que hacen que lloremos cuando nadie nos ve. Como sé que vendrán malos momentos, aprovecho ahora para disfrutar al máximo y sobre todo, para retener esta mentalidad optimista, y acordarme de ella cuando la vida se ponga cuesta arriba. Solo me queda daros las gracias, y deciros lo que ya sabéis. Que podéis contar conmigo.

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